
Una presentación de Mercedes Sosa en Suiza, realizada en 1980 durante su exilio, fue restaurada y publicada en plataformas digitales como parte de un proyecto de preservación de su legado artístico.


La nueva película de Netflix, protagonizada por Vanessa Kirby, combina suspenso y drama social en una historia donde la urgencia por sobrevivir desnuda la gentrificación, el abandono familiar y la alienación urbana. Una ficción inquietante que refleja angustias demasiado cercanas.
News22/08/2025
Un thriller con angustia social
Netflix sumó un nuevo éxito que atrapa por el suspenso y por la crudeza de lo que muestra: La noche siempre llega, dirigida por Benjamin Caron y protagonizada por Vanessa Kirby, se convirtió en una de las películas más vistas en Argentina. No sorprende: detrás de la trama criminal late un drama que nos resulta cercano, porque habla de lo que ya vivimos: perder la casa, el trabajo, la posibilidad de sostener a la familia. Una ciudad que se vuelve un laberinto hostil donde el más débil siempre queda afuera.
La historia ocurre en una sola noche y ese recurso no es casual: la urgencia es también el lenguaje de quienes viven con la soga al cuello. Lynette, la protagonista, tiene 24 horas para conseguir el dinero que podría salvar a su familia del desalojo. Esa carrera es espejo de millones: ¿cómo pagar el alquiler, sostener a los hijos, seguir cuando la ciudad te dice que ya no hay lugar para vos?
El trasfondo de La noche siempre llega no es solo policial: es social. Habla de gentrificación, de barrios que se convierten en mercancía, de la hostilidad de un sistema donde la vivienda deja de ser derecho para transformarse en objeto de especulación. Y habla también de la fractura íntima: la protagonista enfrenta mafias, criminales y la traición de vínculos cercanos. Lo sombrío no está únicamente en la noche de Portland: está en la soledad del abandono, en el desamparo de sentir que ni la propia familia es refugio.
Vanessa Kirby brilla porque sabe transmitir ese derrumbe emocional sin dejar de sostener el pulso del thriller. Su Lynette no es heroína ni villana: es una sobreviviente que se adentra en el margen porque el centro ya no la quiere. En cada esquina se cruza con personajes que encarnan lo mismo: prostitutas, ladrones, traficantes, todos orbitando en un sistema que los usa y desecha. La película, en ese sentido, no inventa monstruos: muestra lo que pasa cuando una sociedad deja a los suyos librados al azar.
El relato tiene fallas, sí: algunas decisiones del guion estiran la credibilidad y hay giros que parecen más pensados para la acción que para la lógica del drama. Pero incluso en esas grietas, lo que sostiene al espectador es el eco realista de lo que se muestra. Porque detrás de esa carrera desesperada lo que se revela es un mundo donde todo tiene precio, menos la dignidad. Y eso, lejos de ser ficción norteamericana, es un déjà vu que también nos sacude en Buenos Aires, Rosario o Córdoba.
Lo perturbador es la alienación: cada personaje vive en su encierro, en una ciudad partida en dos, donde los privilegiados miran mientras los expulsados se pelean por las sobras. Esa alienación —que Byung-Chul Han llamaría “explotación emocional”— es lo que convierte a La noche siempre llega en algo más que un entretenimiento: es un espejo oscuro. Nos devuelve la imagen de sociedades que naturalizan la angustia como espectáculo.

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